El planeta Akion, era uno más de los astros vagabundos inmersos en las tinieblas del espacio. Congelado, viajaba con la única compañía de sus satélites Kamaka y Asioe, los cuales habían sido atraídos por su campo gravitacional hacía relativamente poco tiempo. Estaban fuera del tiempo, y la oscuridad eterna les llevaba sin rumbo, a la merced de las mareas electromagnéticas.
Se aproximó a un entorno nebular, donde los vagabundos se sienten atraídos, con el resultado de un caos de colisiones de intensa radiación ultravioleta lo que acarreaban potentes explosiones que iluminaban intermitentemente a Akion. Todavía desde la lejanía, si unos ojos pudieran haberse asomado al horizonte de Akion habrían visto una luz aproximarse a gran velocidad haciéndose cada vez más grande.
De pronto aparece en escena, Kamaka, siguiendo su trayectoria habitual, con la lentitud que le caracteriza. Con su color azul intenso y sus alargadas nubes, que daban fe de alta velocidad rotacional sobre si mismo. Enorme, claro, y majestuoso era Kamaka. Pronto esa luz se hizo cada vez más grande, se trataba de un enorme planeta rojo. Que como un demonio alcanzaría a chocar con Kamaka y lo desharía en pedazos.
Una parte de Kamaka cayó en Akión, desvíando notablemente su trayectoria. Ya no se dirigía al centro de lo que más adelante fue una densa nube de acumulación de energía, que atraía hacia sí todo a su alrededor. Era como un pozo que nunca se llenaba. Un enorme planeta mil veces más grande que Akión fue engullido y redudido, y tras él muchos más. Akión no podía más que girar y girar en torno a éste centro, aproximándose cada vez más.
Las colisiones no dejaban de suceder a su alrededor, algunos de sus compañeros de viaje se hicieron añicos y Asioe acabó por desvincularse de Akión y como defendiéndole se avalanzó sobre un pequeño planeta que se acercaba lentamente, destuyéndolo.
Como si de recuerdos de amigos se tratara, Akión lucía ahora rodeado de pequeños trozos de materia, producto de estos enfrentamientos.
Al final llegó a un lugar más tranquilo, más alejado. Donde los demás planetas parecían estar más alejados, y podía estar tranquilo. Ahora la violencia sólo se desarrollaba entre los pequeños trozos que le rodeaban, que chocaban entre sí, y de vez en cuando uno caía en Akión o se marchaban.
Y de pronto, allí estaba la Luz, el calor, el ordén. Algo le atrajo hacia sí.
Poco a poco la capa las densas capas de nube fueron dejando pasar algún rayo de luz, muy poco a poco este gas fue reaccionando con el calor emanado por éstos
En el principio la luz iluminó la superficie del planeta. Sus emisiones térmicas, electromagnéticas y luminiscentes hicieron que comenzaran a desarrollarse una cadena de procesos químicos, sobre la superficie medio helada y medio acuosa del planeta.
Si había tierra firme en Akión, todavía se encontraba sumergida. Y allí, se comenzaron a mover los espíritus latentes que dormían en el lecho marino.
La luz fue incidiendo cada vez más y más. Y las densas capas se fueron disolviendo. A la vez que Akión comenzó a girar sobre sí mismo más rápido y entorno al centro luminiscente.
Fue el despertar de Akión.
Este despertar hizo que Akión se descogelara. Los gases liberados parecían ahora las nubecillas rosadas de Kamaka.
Tal vez, debido a que ahora emergía un pequeño trozo de lo que había sido ese satélite, curiosamente se estaba llenando de musgo, y reaccionaba creciendo cuando le daba la luz. Aunque por la noche parecía morir.
Finalmente las nubes se disolvebieron completamente y la luz entraba impetuosamente, evaporando los líquidos y matando al musgo. Pero en cambio algo parecido a unas raíces gruesas y grotescas parecían tener la voz cantante, que fueron las que porfin tuvieron sobre sí un enorme foco solar, y cuatro minúsculos satélites de forma abstracta.
El musgo volvió a crecer porque por la noche tres de los satélites reflejaban la luz, que a la vez se reflejaba en la superfice acuosa. Las luces eran rojiza, azulada y blanca.
Aunque la luz, llegaba a una parte limitada del planeta. En las profundidades de lo que fue un planeta congelado, hibernaban sus habitantes más depredadores. Los akiones supervivientes, estaban comenzando a descogelarse. Nunca fueron animales que necesitaran de calor. Sus cuerpos eran alargados y sinuosos, y sus ojos redondos y atentos. Uno de ellos los abrió de repente y comprobó que no podía moverse. Aunque pudo ver como unos esféricos huevos se liberan de su prisión helada y ascendían compactos hasta la superficie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario